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No me había dado cuenta de que había estado utilizando eufemismos todo este tiempo.

Tengo celos.

Eso es todo. O al menos una parte del todo.

Celos sin fundamento. Celos viejos, amarillentos y doblados de humedad. Celos que domino en las situaciones clave, pero que me empiezan a susurrar cuando no hay nadie más quien me hable. Lo deforman todo y tengo que ser paciente con ellos. Darles su razón de ser, hacerme más grande y, una vez reducidos a lo máximo que puedo, tolerarlos por estar ahí.

Esos celos me fusionan con algo que no es mío de ninguna manera.

Son celos que me hacen sentir solo unos gramos de los cinco kilos de carne picada que ella compra.

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