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Sí se sorprendió cuando los auriculares de su izquierda empezaron a reptar. El corazón se le contrajo cuando comprobó que no se podía mover mientras, sinuosamente, el cable subía por su brazo. Ya cuando el jack dorado se le conectó en la oreja, estaba aterrado. Aterrado desde el fondo de su alma. Lo supo por una sencilla razón: cuando el extremo hizo “click” en su oído, de los auriculares se escuchó un sonoro:
-¡¡Joder, qué acojone!!
Para luego dar paso a un:
-¡Eh! ¿Qué fue eso?… ah, solo eran los cascos…
Efectivamente: cuando se dio cuenta de que esos chillidos y murmullos eran sus propios pensamientos, sin procesar, en bruto, no se sorprendió en absoluto. De hecho, que se pudieran escuchar por unos auriculares conectados a su oído izquierdo sus propios pensamientos sin pensar, era la única consecuencia lógica que cabía.
Se fue a hacer un café.

One Comment

  1. Mira lo que te digo que he visto tu comentario de casualidad porque Blogger dice que WordPress es spam (como lo oyes), siempre eternos enemigos, etc. Mi merced o lo poco que queda de ella está en Madrizgraciasadios.

    Que digo. Alégrome de que existas y escribas. Pero que la poesía no es míiiiiiiiiiia. Yo no tengo eshe arte. Pero me gusta. Y le pedí permiso al dueño y la copié. Estoy antiamor. En plan “lávate la puta gota esa”.

    Yo es que me pongo tapones en las orejas, por cierto.


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