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Hay gente que se dedica a hacer las cosas difíciles.

Cuando te dispones a realizar algo, desde ir a tirar la basura hasta romper totalmente con tu vida actual, esa gente brota de la tierra fresca y bien abonada de indecisión y dudas.

Asomando la cabeza, te plantean cuestiones con las que llevas mucho tiempo debatiéndote. Ellos lo saben, pero creen que su deber es avisarte cuando en realidad lo que hacen es otorgándose a sí mismos esa satisfactoria llave de la condolencia falsa: “te lo dije”.
Se les hace la boca agua con tan sólo pensar que pueden dirigirte esas tres palabras.

Muchas veces, el riesgo que pueden conllevar ciertas decisiones es el único factor que hace decidirnos por una u otra.

Hay decisiones personales, de las que no hablamos con nadie, no queremos ni que se enteren ni que aconsejen.
Hay decisiones que consideramos cruciales. Por ella generalmente acudimos a preguntar con desesperación. Las agarramos con la mano como si fueran la ininteligible documentación para regularizar nuestro estado en el país extranjero, con cara de súplica y pidiendo que alguien traduzca lo que pone, que nos explique qué conlleva poner uno u otro dato, que nos diga qué significa todo aquello.

Hay decisiones que se toman sin otra necesidad más que la personal, la autosatisfacción. Parten de uno mismo, de tus gustos y obsesiones.
Esas son las que deben desprender un olor dulce y embriagador, que hacen que toda esa gente agorera acuda a tu llamada inexistente para darte opinión, consejo, deleitarte con gestos de desaprobación y aires de suficiencia ante “tal locura”. Generalmente nunca pides ayuda ni opinión. Generalmente lo comentas para que los demás lo sepan, sin más. Generalmente en silencio sólo esperas apoyo.

Esperas comprensión.

Es curioso que, en este último caso, la gente más “opinante” es precisamente los que tienen menos que decir y los últimos a los que les pedirías consejo.
Gente vacía de buena intención que sólo pretende robarte una mirada de duda ante tu actitud tranquila y segura. Quieren verte tambalear y caer y que luego, desde el suelo, les pidas que te guíen con su infinita sabiduría, que tanto tiempo llevan guardando en secreto soportando los burlas de los demás y ahora puede soltártelas a ti, que te considera alguien superior y, al fin, erguirse victorioso, señalándote y diciéndote:

– Yo soy tu líder ahora. Todas tus hazañas pasadas no cuentan ya, porque tengo mi pie sobre tu cuerpo rendido y vencido. Adórame, mostraré una elegante y falsa modestia.

La resistencia a este ataque lo llaman cabezonería.

4 Comments

  1. ¡APLAUSO, SEÑOR OLE!

    Si es que se los ve, se ve que les gotea el colmillo, a los listos, a los buenos, a los fuertes. Mira que te advierten: “no eres más que un trocito insignificante de porquería, ¿no ves que no puedes?”

    Y vas tú, o yo, o cualesquier cabroncete con mala uva como nosotros, y les dices…

    QUE TE JODAN.

    Uff…
    Ánimo: selectivo. Y no de elección. De Selectividad…

    • Eso también.
      Yo en concreto me refiero a esa gente, que ni te va ni te viene, y que de repente aparece a tu lado para susurrarte al oído.
      Pero la conclusión es la misma que la tuya: “QUE TE JODAN”.

      Ánimo, que sólo son unos días másaludos.

  2. excellent writing .

    • Hello audiobooks:
      Do you understand it?

      Thanks for your reply and welcome.


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