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Monthly Archives: junio 2009

El abrigo.
La bufanda bien calada.
La capucha.
Y para afuera, a pasear en este día otoñal.

Mirándose las puntas de sus zapatillas deportivas, camina pisando los charcos. Su madre, cada vez que lo acompañaba al colegio o iban a hacer algún recado juntos, siempre le había dicho que tuviera cuidado de no hacerlo, que se mojaría los calcetines y se resfriaría. Y tiraba de él por la mano.

Ahora no hay nadie. Ni aquí ni en casa. Está solo. Y pisa con tanta fuerza que pequeñas gotitas sucias llegan a su cara y ojos. Además de cómo vivir sólo, también había aprendido que la gripe y el resfriado eran enfermedades virales, y que no se transmitían por los pies húmedos. Pisa fuerte al compás de una canción inventada.

Una pareja pasa a su lado, agarrados del brazo y sosteniendo un paraguas. Él mira al infinito y ella sonríe ampliamente.

Un hombre con gafas de pasta gruesa y una gran carpeta de cuero bajo el brazo. Mira al infinito también, pero parecía leer algo en la lejanía. Informes, balances, tal vez. Amantes, fantasías psicópatas, tal vez.

Un joven leía un pequeño libro, bastante grueso y amarillento. Estaba a punto de chocarse contra una farola pero, pese a pasar justo por su lado, no lo avisó. Esperaba ver un buen golpe y así poder reírse. Pero con un hábil regate, el chico sorteó el obstáculo y siguió sumergido en su tipográfico mundo. Todavía no es tiempo de reírse de los demás.

En un autobús, un niño dormía en un asiento atrás de todo. Parecía feliz mientras soñaba. Era su hermano y otra vez se iba a pasar de parada.

Un grupo de extranjeros hablaba en su idioma detenidos al lado de una máquina de refrescos. La charla era amena y parecía divertida, pero no entendía ni una palabra. Debería aprender.

Silbando continúa su marcha…

Hay gente que se dedica a hacer las cosas difíciles.

Cuando te dispones a realizar algo, desde ir a tirar la basura hasta romper totalmente con tu vida actual, esa gente brota de la tierra fresca y bien abonada de indecisión y dudas.

Asomando la cabeza, te plantean cuestiones con las que llevas mucho tiempo debatiéndote. Ellos lo saben, pero creen que su deber es avisarte cuando en realidad lo que hacen es otorgándose a sí mismos esa satisfactoria llave de la condolencia falsa: “te lo dije”.
Se les hace la boca agua con tan sólo pensar que pueden dirigirte esas tres palabras.

Muchas veces, el riesgo que pueden conllevar ciertas decisiones es el único factor que hace decidirnos por una u otra.

Hay decisiones personales, de las que no hablamos con nadie, no queremos ni que se enteren ni que aconsejen.
Hay decisiones que consideramos cruciales. Por ella generalmente acudimos a preguntar con desesperación. Las agarramos con la mano como si fueran la ininteligible documentación para regularizar nuestro estado en el país extranjero, con cara de súplica y pidiendo que alguien traduzca lo que pone, que nos explique qué conlleva poner uno u otro dato, que nos diga qué significa todo aquello.

Hay decisiones que se toman sin otra necesidad más que la personal, la autosatisfacción. Parten de uno mismo, de tus gustos y obsesiones.
Esas son las que deben desprender un olor dulce y embriagador, que hacen que toda esa gente agorera acuda a tu llamada inexistente para darte opinión, consejo, deleitarte con gestos de desaprobación y aires de suficiencia ante “tal locura”. Generalmente nunca pides ayuda ni opinión. Generalmente lo comentas para que los demás lo sepan, sin más. Generalmente en silencio sólo esperas apoyo.

Esperas comprensión.

Es curioso que, en este último caso, la gente más “opinante” es precisamente los que tienen menos que decir y los últimos a los que les pedirías consejo.
Gente vacía de buena intención que sólo pretende robarte una mirada de duda ante tu actitud tranquila y segura. Quieren verte tambalear y caer y que luego, desde el suelo, les pidas que te guíen con su infinita sabiduría, que tanto tiempo llevan guardando en secreto soportando los burlas de los demás y ahora puede soltártelas a ti, que te considera alguien superior y, al fin, erguirse victorioso, señalándote y diciéndote:

– Yo soy tu líder ahora. Todas tus hazañas pasadas no cuentan ya, porque tengo mi pie sobre tu cuerpo rendido y vencido. Adórame, mostraré una elegante y falsa modestia.

La resistencia a este ataque lo llaman cabezonería.