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No sabía cuánto tiempo llevaba allí ya.
Sólo sabía que dormitaba y que cada vez que me despertaba sucedía algo nuevo.
La luz estaba exactamente igual que la primera vez. Esa luz que entraba por esa ventana. Me di cuenta de que no había visto a través de ella todavía.
Me levanté y me dirigí hacia ella.
Pude distinguir hojas verdes de copas de árboles. Debían de ser grandes, ya que estaban cerca de mi ventana. De todas formas, desconocía en qué piso o a qué altura se encontraba mi estancia.
Al aproximarme a los cristales, la luz se hacía cada vez más y más fuerte. Tuve que parar, girarme y frotarme los ojos. No me quedaría sin ver qué es lo que me aguardaba allí afuera. Con un ligero gruñidito, me enfrenté otra vez con la luz, tan amable antes y tan inmaculadamente agresiva ahora. A ciegas llegué a los cristales. Todo lo que veía era una película roja de la piel de mis párpados que translucían. Intenté abrir los ojos, pero se colaron alfileres tan grandes como agujas de calcetar y se me clavaron en mis retinas. Mis pupilas quedaron reducidas a un punto no más grande que la cabeza de uno de esos alfileres. Mi cerebro dio una sacudida y me tiró al suelo.
Suspiré como ya lo había hecho antes. Me di cuenta de que, efectivamente, llevaba todo este tiempo conteniendo la respiración. Caí, como ya lo había hecho antes, inconsciente.

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