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De nuevo abrí los ojos. Esta vez con cautela.
Me vi de nuevo a los pies de mi cama, en esa habitación enorme, arreglándola. Colocando almohadas, corriendo cortinas, doblando ropa… Con un gesto amable me indiqué un lugar indeterminado a mi derecha. Cuando giré la cabeza descubrí una bandeja de desayuno completa.
Siempre me había parecido incómodo e inadecuado comer en cama así que me miré extrañado preguntándome quién era ese yo en realidad. Tomé un sorbo de zumo de naranja. Estaba ácido. Mis glándulas salivares comenzaron a hacer su trabajo. Típica reacción a ese sabor. Sin embargo no terminaba. Salivaba y salivaba y sin querer me atraganté con mi propia saliva. Tosí, pero al tomar de nuevo aire, otra ola de mi propio fluido se coló en mis pulmones. Sin poder toser en condiciones, me limité a ahogarme poco a poco mientras se me nublaba la vista y percibía al fondo de mi garganta un sabor dulzón que nada tenía que ver con el zumo de naranja.

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