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En mi segundo intento, me econtré a mí mismo echado sobre mí. Con dos tenazas de lumbre me miraba tranquilo y sonreía paternalmente mientras me apretaba la nariz. No pude moverme. Estaba ahí delante, apretando y apretando cada vez más las tenazas. Me dolía, de verdad que me dolía. Quise apartarlo de mí de un manotazo, pero sólo conseguí emitir un débil gemido, como el de un ratón al que le acabas de descubrir su guarida. Él (yo) apretaba más y más sin mostrar ni un signo de esfuerzo. A mí se me escurrían las lágrimas por el exterior de mis mejillas y él apretaba y apretaba. Hasta que perdí el conocimiento.

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