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Da igual a dónde huya, siempre viene enganchado al final de mi alargada sombra, a la sombra de mi cabeza.

Cuando dejo de sentir las garras y su chasquido de lengua detrás de mí, paro de correr, me apoyo jadeando en silencio sobre mis rodillas y escucho atentamente. Se ha ido. Sonrío y vuelvo a caminar, vuelvo a saludar y a reír despreocupado. Nada más lejos de la realidad.

Ha aprovechado para subirse definitivamente a la sombra de mi cabeza y se empieza a extender por el resto de ella, alargando los dedos hasta alcanzar casi las hormas de mis zapatos para dejar ese plano negro en dos dimensiones y aventurarse a lo escalofriantemente real, a algo más serio que la proyección de mi cuerpo.

-Joder, otra vez no…

Y retomo mi huida con un ridículo gritito ahogado teniendo que dejar, por fuerza, de saludar y reír.

Espero que no se me desaten los cordones.

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