Skip navigation

Monthly Archives: abril 2009

Abrí la tapa de madera de barnizado desconchado. Dentro había una rosa de tallo de alambre de espino. No pude frenar la intensa necesidad de agarrarlo, de aferrarme a él como si fuera oxígeno de mi último suspiro. Aferrarme como si fuera el trozo de cuerda que me salvara de una caída a un precipicio sin fondo. Sí, la tenía. Nadie me la podía robar de nuevo. La alcé sobre mi cabeza jubiloso. Lágrimas resbalaban por mis pómulos hinchados y amoratados hasta acumularse en mi barbilla alzada, donde se desprendían y caían con un ligerísimo chasquido, lo mismo que mi sangre desde el codo, tras cosquillearme el antebrazo se despedían de mi piel para precipitarse al inmenso vacío de los pocos centímetros que separaban mi codo y el suelo.
La tenía y nadie me la podía quitar ya. No iba a guardarla, alguien podría robarla. Corrí a mi habitación, cerré las persianas, las ventanas, las cortinas y la puerta. Me tumbé en mi cama. Torpemente me cubrí los pies y me quedé, hecho un ovillo, a que todo se quedara en silencio, a que nada pudiera perturbar la tranquilidad que me confería ese áspero trozo de metal clavado en la palma de mi mano. Conteniendo la respiración para escuchar cualquier paso, tosido o cualquier ruido que delatara a algún ser vivo rondando mi estancia, tratándome, seguro, de robarme mi preciada posesión, tan antigua como profundo eran mis deseos de poseerla.
Pasaron los dias, en la oscuridad, respirando quedamente. La carne de mi mano volvió a crecer envolviendo el tallo metálico y haciéndolo parte de mi puño. Sin embargo la carne siguió regenerándose, extendiéndose, como si tuviera la urgencia de curar todo mi cuerpo, como si notara que todo yo estaba infectado, que estaba desgarrado y descarnado. Como si cada centímetro de mi piel fuera una herida. Así creció y creció esa piel que pretendía ser sanadora y que no era más que un callo, una piel gruesa, grotesca, lisa, una piel que parecía plástico me fue envolviendo hasta convertir mi mano en un muñón. Luego envolviendo mi brazo hasta que parecía el capullo de una oruga de mariposa. Con la mirada dormida, observaba cómo me tragaba, con ropa y todo, esa “cosa” que pretendía ser parte de mí. Llegó al cuello y ya empecé a sentir el agobio. Tragué con fuerza y mi nuez chocó contra algo duro. La piel deforme ya llegaba hasta ahí y subía por la barbilla, me tapaba la boca, entraba por mis oídos, aplastaba mi pelo y finalmente cegaba mis ojos.

Del muñón salieron dos pétalos rosas y diez dedos asomaron como espinas.

En mi segundo intento, me econtré a mí mismo echado sobre mí. Con dos tenazas de lumbre me miraba tranquilo y sonreía paternalmente mientras me apretaba la nariz. No pude moverme. Estaba ahí delante, apretando y apretando cada vez más las tenazas. Me dolía, de verdad que me dolía. Quise apartarlo de mí de un manotazo, pero sólo conseguí emitir un débil gemido, como el de un ratón al que le acabas de descubrir su guarida. Él (yo) apretaba más y más sin mostrar ni un signo de esfuerzo. A mí se me escurrían las lágrimas por el exterior de mis mejillas y él apretaba y apretaba. Hasta que perdí el conocimiento.