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A veces veo mi corazón y observo esos pequeños cristalitos, hexágonos, pentágonos y cuadrados fuertemente adheridos a la piel sangrante, rojiza y casi morada de este bombeante órgano. Pegados como escamas.
A veces los miro y no puedo evitar una sonrisa sincera, melancólica y ligeramente tristona.

Cristales de lo que fue un día una copa llena hasta arriba de zumo de las más refrescantes, agrias, amargas, dulces y empalagosas frutas. Un zumo que al beberlo me hacía reír con semblante triste y llorar con una sonrisa. Esa copa, cierto escamoso día, alguien le dio un codazo cuando se dio la vuelta. No sabría decir si intencionadamente o no, pero entrecerrando los ojos, con un brillo acusador, me murmuró un “Eso te pasa por tener tu copa en el medio”. Luego se marchó.

La copa acabó incrustada en trocitos en mi corazón. El zumo derramado y el jugo de las frutas dulces fue absorbido. El resto todavía sigue ahí. Lo podrás comprobar si lames con cuidado un cristalito. Si es que quién rayos quiere las frutas amargas.

Todo eso recuerdo cuando veo ese trocitos transparentes de bordes rojizos cicatrizados en ese trozo venoso y casi morado de mi cuerpo.

Y una lágrima resbala hasta mis comisuras, que sonríen. Saco la lengua y la toco. Paladeo y llego a la conclusión de que lo amargo no está tan mal.

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