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La imagen perfecta, a óleo, trazos amables que dibujan una cara sonriente de un amigo. Un cuadro perfecto que capta por medio de cada una de sus características, el gran valor que tiene el reflejado.

Pero un día cae la suficiencia, el mirar por encima del hombro, la estridente carcajada burlona hacia aquello que tratas de decir y emborronal, con una simple gota superconcentrada todo el cuadro.

Se rehará. Cada tono de color volverá a su lugar en muy poco tiempo, pero nunca será lo mismo. Cualquier día, pensando sobre ello, harás, sin querer, una radiografía y una exploración con rayos X de la pintura. Y ahí verás y recordarás todos los movimientos que ha habido desde su creación. Su historial. Todos los desastres hechos y deshachos por derramar líquidos como aquel y derivados. Y analizarás lo que es actualmente, aceptándolo pronto.

Hasta el siguiente derramamiento que lo emborrone de nuevo.

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