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El ligerísimo “click” que creía que nunca iba a llegar, ese diminuto ruido de un hilo de telaraña desgarrándose al no soportar más el peso de dos vidas condenadas a estar juntas, ese ruidito de escala microscópica, sonó y rebotó en todas las esquinas de la habitación, uniéndose al ensordecedor alarido que lanzaste desde lo más profundo de tu garganta mientras te ahogabas y dejabas de respirar, debatiéndote entre el hormigón que te asfixiaba mientras yo, a tu lado, dejaba que mi cuerpo envuelto en hebras de hilo de mi boca se sumergiera, se fuera empapando y hundiendo por su propio peso, despacio, sin gritos, sin lloros ni sollozos, sin risas ni lamentos. Con la cara blanca y la piel fría. Con los ojos negros y las retinas secas. Con la boca tapada.

No hay porque tener miedo.

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