Skip navigation


Entré por la puerta. Estaba ridículamente nervioso. Era sólo mi antiguo colegio. Un edificio viejo, pero maquillado por fuera y, para mí, físicamente vacío por dentro. Sólo estaba a rebosar de pequeños detalles.

Como aquella clase en la que me inculcaron que para escribir bien, debía escribir con frases cortas. Un escrito propio sobre la huida del patio de una repentina tormenta fue todo un ejemplo para el resto de la clase. Y un ejemplo de orgullo. Envidias. Superioridad. Y sorpresa.

O aquella profesora. La primera que, como tal y de forma extraescolar, me recomendó un libro. Un libro que odié después de leerlo porque, pese a la fama que acarreaba aquel hombre retratado en blanco y negro en la solapa de la cubierta sobre sus ya ajados hombros de literato y culto reconocido y nunca reconsiderado, no lo tragué.
Sin embargo, fue la primera novela que me hizo utilizar un criterio. Mi criterio. La primera que me marcó el inicio de un hábito de cuestionar aquello que debe ser bueno, tanto en el ámbito literario como el social, político e incluso, cómo no, tecnológico.

Pues allí estaba, atusándome el pelo, planchando con la mano unas arrugas de una camiseta sin planchar que de repente se me hacían tan vergonzosamente visibles como importantes.

En esas lides me encontraba enfrascado cuando se me acercó el conserje. Igual que siempre. Mirada diferente, eso sí, pero con su pelo canoso, su complexión joven y su cabeza cuadrada.

¡Hombre! ¡Cuánto tiempo!

Si. Yo diría que incluso años.

<Inserte aquí todo tipo de preguntas académicas y familiares>.

Esto inicia un torbellino de reencuentros con profesores estimados, de saludos fugaces con profesores rencorosos, de cambios de clase… en los que me siento un intruso, alguien fuera de la ley, que debería estar sentado en su pupitre de madera antes de que esas infernales sirenas sonasen, alguien… mayor. Y me acuerdo de ese término, “los mayores”, en contraposición a “los enanos”, que nos apresurábamos a utilizar cuanto antes, por aquello del estatus y tal.

Yo ya soy mayor que “los mayores” de entonces. ¿Qué soy ahora? ¿Un súper-mayor? ¿Un mayor pequeño? ¿Un “profe”?… ¿Un señor?…

“¡Qué alto estas!”, “¿Y esa barba? Hay que cortarla, ¿eh?”, “Te veo muy bien, has crecido mucho [y engordado un poco]”, “Estás hecho un hombre[tón]”, “¿Qué estás estudiando? […] ¡Oh!, ¡Qué interesante!”, “¿Terminaste ya? ¿Cuánto te queda?”
La sentencia está dictada: allí yo soy así. Y lo seré. Siempre.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: