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Y sigo caminando.

Pese a la penumbra, la oscuridad y tinieblas. Pese al miedo y el llanto que tengo delante. Pese a esa losa que cuelga en una gruesa soga de mi cuello, sigo adelante. Por una simple razón: empiezo a notar el calor del sol en la nuca.

Aunque sólo sea el escozor de  la cuerda.

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