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Cada vez que bajo la cabeza, entro en un nuevo mundo.

Esa inclinación exacta de cuello doblándose hacia delante es la llave, la combinación para acceder a esa nueva realidad.

 

Es ese mundo, las puntas de mis pies marcan el ritmo de vida. El único reloj que existe, con dos manecillas paralelas: mi pie izquierdo y mi pie derecho.

El tiempo fluctúa según otra fuerza superior autoimpuesta: “Prisa”.

Si su influencia es alta, el tiempo corre rápido y las manecillas se mueven al ritmo del repiqueteo de la lluvia. Si por el contrario su fuerza es débil, el tiempo se ralentiza hasta ir al paso de los primeros compases de la Marcha Fúnebre.

 

La vida en este mundo se compone de sombras y penumbras proyectadas por las farolas. Dos sombras, una más negra y gris y la otra más pequeña y negra, nacen junto a mis pies, crecen al ritmo de mis pasos hasta que la mayor se desvanece, perdurando la pequeña. Sin embargo, esta última no tarda también en crecer y convertirse en una gran sombra gris, como su antecesora, al tiempo que otra sombra pequeña y negra asoma a sus pies. Y así una y otra vez. Es el ciclo.

La ley de vida de este mundo.

 

Este mundo tan simple de entender. En el que puedo mover los pies, las manecillas del tiempo a mi antojo. Uno se encuentra cómodo. No hay nada que temer.

 

Por eso es tan difícil caminar con la cabeza alta.

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