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La puerta se cierra con un golpe sordo, seco. Los destellos que juguetean entre las sombras me molestan en los ojos. Hoy es un día de decorado, un día tramposo. El sol brilla como brilla la luz de una alta farola: sin calor.

Hoy es un rastrero día soleado para un viento helado.

Me arrebujo bien, respirando sólo por la nariz, que se va quedando poco a poco sin sensibilidad.

La soledad es infinita.

Yo, caminando. Uno más entre cientos de abrigos andantes. Nadie excepcional, nadie especial, sólo uno más. Mis problemas no son originales. Mis vivencias no son extraordinarias. Todo el mundo ha vivido mis buenas experiencias mejor que yo y mis malos tragos peor que yo.

Todo el mundo tiene algo más que añadir a lo mío.

Todo el mundo tiene algo mejor que contar.

Y me quedo sin qué decir. Me siento ridículo.

¿Qué hago yo hablando entonces?

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