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Un cielo dálmata, imperio de nubes negras: un cielo perfecto de un día presumiblemente de cine.

Aparto la vista de la calle y mi desolación se multiplica: una vela consumida en la mesa, la bufanda entre mis dedos nerviosos que juguetean con ella afin de evitar que me fume otro cigarrillo; no tendría dónde echar la colilla, ya que el cenicero está a rebosar.

Y yo. Sola. Un buen lugar para quedar: “Restaurante ‘El Olivo'”.

Empieza a caer un chaparrón. La lluvia golpea con violencia la ventana reflajando metafóricamente mi furioso interior.

Con amargura veo, asomando por el bolso, el folleto de la casa rural donde tenía la intención de hacer una escapadita; junto a él.

La foto muestra una alfombra de hierba verde y fresca que cubre una pequeña colina cuya cima se encuentra adornada por una casita de paredes de piedra, un prometedor interior, …

– Perdone señorita, pero vamos a cerrar — me informó el joven camarero.

Y eché un cubo de agua mi llama de esperanza.

Y el camarero apagó la luz.

Y yo apagué la mía.

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