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La alegría, tumbado en la penumbra, se va terminando como una bombilla que parpadea antes de fundirse.

Su mano se arrastra sobre el suelo esperando encontrar alguna superficie tibia, algo que le encienda al menos algunos centímetros de piel, pero lejos de su propio cuerpo, las yemas de los dedos se congelan cada vez más a medida que va estirando el brazo.

Sin perder la esperanza, se sigue alargando. Se prolonga. Sus articulaciones se desencajan, sus músculos se desgarran, sus tendones se rompen buscando algo de calor.

Toca algo suave, cosquilleante. Sin embargo, de pronto nota unos dedos helados en la nuca. Sobresaltado, se arrastra intentando alejarse de esos tétricos témpanos que le transmiten tanta soledad, inquietud, tormento.

Escapa, huye.

Sus fuerzas se consumen al poco tiempo.

Cuando, desfallecido ya por el agotamiento, gira la cabeza para ver quién lo toca, exhala su último aliento en forma de sollozo.

Eran sus propios dedos.

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