Tan crispantemente resabido. Tan pseudoculto. Tan relamidamente sabihondo.
Odias los espejos. Tienes que odiarlos, porque te verías reflejado. Y no hay cosa tan deprimente como esa visión. Cuerpo grotesco. Andares desgarbados y tiesos a la vez. Barriga hinchada. Manos torpes y huesudas. Hablar incoherente y con un interminable tartamudeo.
Y ese humor estúpido. Totalmente acómico, antigracia. Humor de idiotas.
Lo peor debe ser esa piel de contramuslo de pollo de carnicería. De ese pollo que lleva semanas en mostrador, a 6 grados. Ese tacto grimoso, frío. Ese aspecto a pasado, rosa blanquecino o blanco rosado enfermizo.
Húndete y desaparece. Eres un estorbo.